PRODUCCIÓN LITERARIA DE ESCRITORES DE LA GENERACIÓN DEL 30 - REALISMO SOCIAL

 Enrique Gil Gilbert 


1912 - 1973; Ecuatoriano - Guayaquil

El malo

Duérmase niñito,

duérmase por Dios;

duérmase niñito

que allí viene el cuco,

¡ahahá! ¡ahahá!

Y Leopoldo elevaba su destemplada voz meciéndose a todo vuelo en la hamaca, tratando de arrullar a su

hermanito menor.

—¡Er moro!

Así lo llamaban porque hasta muy crecido había estado sin recibir las aguas bautismales.

—¡Er moro! ¡Jesú, qué malo ha de ser!

—¿Y nuá venío tuabía la mala pájara a gritajle?

—Iz que cuando uno es moro la mala pájara pare...

—No: le saca los ojitos ar moro.

San José y la virgen

fueron a Belén

a adorar al niño

y a Jesús también.

María lavaba,

San José tendía

los ricos pañales

que el niño tenía,

¡ahahá! ¡ahahá!


José de la Cuadra 


1903 - 1941; Ecuatoriano - Guayaquil

 

 El amor que dormía

 I

¡Halalí!

¡Vive Dios y cómo grita ese endemoniado marinero chileno!

¡Ha!-¡la-lí! ¡Juicli! Sssss…

Agotaos, muchachos; no importa. Ya descansareis cuando gracias a vuestro esfuerzo pueda el barco soltar el áncora en la bahía risueña. Pensad que será dulce el vaivén de las ondas allá… Allá, hacia donde la prora se enfila como la nariz de un rostro en expectativa.

 

¡Halalí! ¡Juicli! ¡Sssss!…

Tirad de los caitos sin temor a que se rompan. Arriad a prisa esas maldecidas velas que infla como ubres vacunas el vendaval.

—¡Capitán!

No; no atiende. Para, él –hinchado en el convencimiento de su misión–, soy una cosa más, que habla y que, desgraciadamente, se mueve, en este pandemoniaco movimiento del barco y del mar.

—Oye, araucano de Satanás, ¿pereceremos?

Me mira sin responder.

Tenemos dos vías de agua, allá abajo, en el alma oscura, de la nave, y toda la obra muerta de estribor ha sido barrida por las olas.

¡Cómo trina al desgajarse el palo de mesana!

¡Halalí! Ha-la-lí…

Entiendo que ha llegado el momento de pensar en Dios.

 

Adalberto Ortiz 


1914 2003; Ecuatoriano – Esmeraldas

La entundada


Cuando mi prima Numancia llegó a los 14 años, se la llevó la tunda sin más ni más. La tunda es una bestia ignominiosa

… La tunda es un aparecido… La tunda es el patica… la tunda es un fantasma… La tunda es un cuco… La tunda es el pata sola… La tunda es el ánima en pena de una viuda filicida… la tunda es inmunda…No se sabe a ciencia cierta… No se sabe…

 Sea lo que fuere, la tunda gusta de llevarse a los niños selva adentro, transformándose previamente en figuras amables y queridas para ellos. Con engaños diversos los atrae hábilmente y los “entunda”. Esta es la palabra. No hay otra.

Numancia lucía un lindo y raro color de melcocha y estaba ya bastante crecidita, pero como no era muy despierta, y carecía del don de observación, se dejó engañar por la tunda: no descubrió a tiempo su deforme pata coja de molinillo a la luz del crepúsculo, ni reconoció que esa mujer no podría ser su madre desaparecida también misteriosamente años atrás

… No vio nada.

Numancia salió a buscar unos pavos que no habían entrado a dormir en el gallinero ni habían subido tampoco al palo de hobo que estaba detrás de la casa. Sabido es que los pavos son andariegos y desmemoriados, y hay que arrearlos y guiarlos siempre para que vuelvan al hogar.

Sí, Numancia era una bella niña, pero a veces se me antojaba muy semejante a una pavita.
Yo tenía tres años menos que ella, y éramos compañeros de diversiones infantiles. Pero llegó un momento en que no se interesó más por nuestros juegos y eso me entristeció bastante, no tanto como aquella tarde en que se la cargó la tunda. 


 Ángel Felicísimo Rojas


1909 - 2003, EcuatorianoGuayaquil 

 Un idilio bobo

 

Esa temporada me dio un pesar. Hube de hacer disparates y trastornarme completamente. Odio ese recuerdo porque me estruja el corazón y me derrama la bilis en la sangre. Sin embargo, en los días que quiero atormentarme, en que gozo la voluptuosidad dolorosa de remover las cicatrices, hago desfilar este pasado que otros días temo- por delante de los ojos. Ahora vivo uno de estos ratos implacables en que soy el más tremendo enemigo de mis ridiculeces y me complace sufrir. Qué importa si esta confesión va a abrumarme de vergüenza; si Andrés Peña va a vomitar sobre sí mismo, sobre el propio ¡Andrés Peña!. Andrés Peña se permitirá el lujo -¡su único lujo!- de ser sincero, aun cuando se le encienda la cara.
Fue una norteamericana -Estado de Virginia, Richmond-. No la conocí nunca. Naturalmente. Yo vivía y estudiaba en el Colegio de Loja. Ella en Richmond. Estábamos separados miles y miles de kilómetros que no los salvamos nunca. ¡Imposible! Y a pesar de ello, a pesar de que usted al oír esto creerá imposible se amor, me he enamorado de ella como un perro. Todo por culpa de unas
cartas y de una refinada estupidez mía. Cuando cuento quién fue ella, nadie me cree, si me conoce.
Pero ella me quiso también, y eso lo juro. Y lo compruebo en seguida. Mire esto que tengo aquí: son sus cartas. No las rompo porque necesito hacer desaparecer la desconfianza que producen mis palabras en quienes me oyen. Necesito que se me crea capaz -yo, miserable figura- de encender un gran amor a través de algunos grados geográficos. Así, como suena: un gran amor.
Le prometo enseñarle las cartas de ella. Se llamaba -no, se llama todavía- Jacqueline Arthur. Jacqueline... Nombre medio afrancesado creo, muy bonito ¿verdad?

Joaquín Gallegos Lara

1911 - 1947; Ecuatoriano Guayaquil

¡ERA LA MAMÁ!

No supo cuántas cuadras había corrido. A pie. Metiéndose en los brusqueros. Dejando tiras de

carne en los grises y mortales zapanes de las alambradas.

—¡Pára, negro maldecido!

—Dale vos la vuerta por áhi.

—Ha sido ni venao er moreno.

Jadeaba y sudaba frío. Oía tras él los pasos. Y el casco bronco del caballo del capitán retumbaba

en el muelle piso del potrero.

—Aquí sí que...

El viento se llevaba las palabras. Al final del potrero había una mancha de arbolillos. Podría

esconderse. ¡Aunque eran tan ralas las chilcas y tan sin hojas los guarumos!

—Ris... Ris...

En las orejas se le reían los balazos. Y el golpe de la detonación de los “mánglicher” le llegaba al

pecho: porque eran rurales.

Más allá de los árboles sonaba el río. Gritaban unos patillos.

—Er que juye vive...

¿Se estaban burlando de él?

—En los alambres me cogen...

El puyón del viento le zumbaba en las orejas.

—Masque deje medio pellejo yo paso...

Metió la cabeza entre los hilos de púas. Una le rasgó la oreja. Las separó cortándose los dedos.

Le chorreaba tibia la sangre por las patillas, por las sienes. Se le escapó el hilo de arriba cerrando

la cerca sobre él. De un tirón pasó el torso dibujándose una atarraya de arañazos en las espaldas

negras.

Demetrio Aguilera Malta


 1909 - 1981, EcuatorianoGuayaquil

 El cholo que se vengó

 

-Tei amao como naide ¿sabes vos? Por ti mci hecho marinero y hei viajao por

otras tierras... Por ti hei estao a punto a ser criminal y hasta hei abandonao a

mi pobre vieja: por ti que me habís cngañao y te habís burlao e mi... Pero mei

vengao: todo lo que te pasó ya lo sabía yo dende antes. ¡Por eso te dejé ir con

ese borracho que hoi te alimenta con golpes a vos y a tus hijos!

 

La playa se cubría de espuma. Allí el mar azotaba con furor, y las olas enormes

caían, como peces multicolores sobre las piedras. Andrea lo escuchaba en

silencio.

 

-Si hubiera sío otro... ¡Ah!... Lo hubiera desafiao ar machete a Andrés y lo

hubiera matao... Pero no. Er no tenía la curpa. La única curpable eras vos que

me habías engañao. Y tú eras la única que debía sufrir así como hei sufrió yo...

Una ola como raya inmensa y transparente cayó a sus pies interrumpiéndole.

El mar lanzaba gritos ensordesedores. Para oír a Melquíades ella había tenido

que acercársele mucho. Por otra parte el frío...

 

-¿Te acordás de cómo pasó? Yo, lo mesmo que si juera ayer. Tábamos chicos;

nos habíamos criao juntitos. Tenía que ser lo que jué. ¿Te acordás? Nos

palabriamos, nos íbamos a casar... De repente me llaman pa trabaja en la

barsa e don Guayamabe. Y yo, que quería plata, mejuí. Tú hasta lloraste creo.

 


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